Una vida reparadora en Casa Betanía

❝Una vida reparadora en Casa Betanía❞

desde el escritorio de Rosa Vizcay en La Ensenada – Lima, Perú


Aunque soy española, hace años el Señor me regaló la gracia de compartir la vida con los pueblos de América Latina y siempre en medio de la gente sencilla y pobre. Los primeros 11 años, como misionera laica, en las montañas de Panamá, acompañando a los pueblos campesinos en sus organizaciones, en sus luchas por la vida y en sus procesos de fe desde las comunidades eclesiales de base. Ellos fueron mis maestros. Con ellos fui conociendo más al Dios de Jesús, al Dios que se compadece del sufrimiento del pobre y que mira con ternura a cada persona, porque quiere la vida en abundancia. Esto lo he vivido como un regalo, como el tesoro del Evangelio y es desde este lugar teológico, desde donde el Señor me llamó a la vida reparadora. Un día en el silencio de un monasterio, entre la austeridad de sus muros, sentí como el Señor me hablaba en el corazón y me decía: “Esta muy bien todo lo que haces, todo tu compromiso con la gente, pero, te quiero a ti… no lo que haces”. Sentí también un cuestionamiento sobre mi manera individual de seguir a Jesús y una invitación muy profunda a hacerlo en comunidad. La comunidad se me presentaba como la mejor manera para mí de ser signo del Reino. Estas palabras y llamadas revolucionaron mi vida. Y descubrí el Carisma de la Reparación como algo que ya estaba presente en mí y que ponía palabras a lo que mi corazón sentía, vivía y anhelaba: ser María para Jesús, ser otra María aquí en la tierra, para los Cristos crucificados de hoy. Estar con ellos, escuchar, acompañar… como hacía María, de manera sencilla, y que esta presencia, si Dios me lo permite, sea signo de que Dios los ama con ternura. Esto, vivido desde la comunidad, signo del Reino. La comunidad reparadora, es, en medio de este mundo individualista, una voz profética. Una comunidad internacional, hermanas de diferentes razas, nacionalidades, viviendo juntas, en un mundo donde se cierran las fronteras y no se acepta al diferente. Una comunidad que perdona, donde cada persona es importante, en medio de un mundo hostil, donde la persona pasa desapercibida… somos presencia profética. Presencia Eucarística.

Hoy vivo en la Ensenada, un pueblo de la periferia de Lima. En una comunidad de seis hermanas y estamos acompañando el nacimiento del Proyecto Casa Betania. Queremos que este proyecto sea un poco lo que Betania era para Jesús. La casa de sus amigos, lugar de escucha, acogida, lugar donde cada persona se sienta Hija de Dios. A través de diferentes programas, apoyadas por voluntarios: acompañamientos psicológicos y de fe, refuerzo escolar, talleres de promoción de la mujer, reflexoterapia, proyecto de vivienda, domingos solidarios, etc. Deseamos hacer presente el Evangelio encarnado a través de la solidaridad, el encuentro, la acogida y la amistad.

En Casa Betania, la comunidad reparadora se hace grande, porque vamos intuyendo que Dios nos llama a compartir nuestra vida con laicos que tienen también nuestro carisma, y a abrir nuestros espacios a otros laicos que vengan y que con el contacto con la gente pobre y con la experiencia de fe-vida que ofrece nuestra comunidad tengan experiencia de este Dios que toca nuestras vidas con su Amor y nos lleva a ser más plenos y plenas. Termino este compartir con el corazón agradecido y haciendo eco de las palabras de Jesús:

“Gracias Padre
porque has ocultado estas cosas a los sabios
y se las has revelado a los sencillos.
Así te ha parecido bien” (Mt 11, 25)


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