Mi experiencia en “Casa Emilia”, la casa enfermería en México
❝Mi experiencia en “Casa Emilia”, la casa enfermería en México❞
desde el escritorio de Sofía ‘Chofi’ Gorozpe en Ciudad de México, México
A través de este pequeño escrito quiero narrar un poco mi experiencia de este año [2018] en “Casa Emilia”, la casa de las hermanas mayores y enfermas en México.
Vivía en Lima [Perú], en una comunidad inserta en la “Ensenada”, uno de los pueblos jóvenes de Lima, adonde fui enviada hace 6 años [2012]. Desde que llegué a esta comunidad yo sentí que tanto el lugar, las hermanas de la comunidad y las personas de la zona, me daban vida. Sentía una gran libertad y me fui implicando en la vida sencilla del pueblo. Al finalizar el año 2017, el 31 de Diciembre, fuimos a visitar a unas personas que viven en lo alto de uno de los cerros y después, para finalizar el año, profundizamos como comunidad en cuatro puntos: 1ero – Entrar en contacto con Dios a través del silencio; 2do – Queríamos agradecer lo vivido en el año; 3ero – Cuál era nuestra esperanza para el año que vendría; 4to – Mirar alrededor y ver dónde queríamos servir. Me recuerdo mirando a mí alrededor, y sintiendo que quería servir a estas personas que viven más alejadas. Entrando al 2018, tuvimos un retiro para poner “los cimientos y construir paredes” del Proyecto Casa Betania. Nos preparó este retiro la Hna. María, con unos textos sobre el significado de Betania en el Evangelio, qué era para Jesús y porqué habíamos elegido ese nombre. Tuvimos una mañana de oración y compartimos. No recuerdo bien qué dijimos, pero el ambiente estaba lleno de vida. Participaron además de las hermanas, Cristi y Manolo, que forman parte de este proyecto, y al día siguiente vinieron también Pedro y Leo. Lo que dijimos no lo recuerdo bien, pero el sentimiento de cada uno era en tono de “consolación”. Yo me sentía muy agradecida de comenzar así el 2018, por un lado después de las visitas de fin de año y después al sentir que el Señor nos había preparado este lugar para servir con cariño a nuestros hermanos de la Ensenada de los que hemos recibido tanta vida.
Yo hubiera creído que el año seguiría en el mismo lugar y con la misma gente, pero “los planes y caminos del Señor ciertamente no fueron los míos”. El día 3/enero fui con Rosita al doctor y me dijeron que tenía que ir al oncólogo, quien al ver los resultados de unos estudios me operó el día 6/enero. ¡La vida daba un giro que no me esperaba! Y así fui viviendo esta experiencia, tranquila, como sin acabar de creer que tenía cáncer.
Al comunicar esto a Susi, la Provincial de México, me hizo ver que era bueno que todo el tratamiento posterior a la cirugía lo hiciera en mi país, tanto porque la casa está acondicionada, como por mi familia, así que una vez que estuve repuesta de la operación me vine a México, a “Casa Emilia”, la casa enfermería. Poco antes vinieron a Lima dos amigas de México y con ellas dos jóvenes. Además en la comunidad recibí del P. Sijo, nuestro párroco, la unción de los enfermos. Fue algo sencillo, pero lleno de sentido. Se hizo presente, a través de todos, la presencia y acción del Señor que consuela y reconforta. Muy tempranito llegó Pedro en su coche acompañado de Leo y nos llevó a toda la comunidad al aeropuerto, menos Goyita que estaba con su hermana en Jaén. Allí desayunamos, y junto con Rosita volamos a México. Al despedirnos sentí un hueco fuerte en el estómago, fue un momento duro. Es verdad que despedirse es “morir un poco”, pero al ver las caras de Leo, Pedrito y María diciéndome adiós, no puedo describir que sentí, fue como una nostalgia, una tristeza o la incertidumbre de no saber ni cuándo ni cómo volvería y si regresaría. Todo estaba en otras manos, en las de quien conduce nuestras vidas y las hace más bellas si nos dejamos. Que consuelo, sin embargo, fue el viajar con Rosa, tan cercana y tan querida, aunque también sabía que sólo era un momento de acompañarme.
La llegada a México fue también un momento especial, ver a tantas hermanas reparadoras, a mi hermana y Maru mi amiga. Las hermanas nos habían preparado la comida y pasamos un buen momento. Fueron llegando algunas sobrinas y poco a poco estuve entre la comunidad y mi familia. Luego se fue Rosita… Los primeros dos meses, me inscribieron en el INCAN (Instituto Nacional de Cancerología). Me llevaron a otro médico antes, quien me dijo que lo mío era serio, que me darían un tratamiento agresivo. Yo no sé ni que sentí cuando lo escuché. La verdad es que no sentía casi nada, no acababa de creer ni aceptar. La palabra cáncer me resultaba lejana, algo que les pasaba a otras gentes, pero no a mí. Y así le dije al médico: en este momento casi no me lo creo. Como tampoco me sentía mal, pues fui viviendo la vida, y fui yendo y viniendo con tres sobrinos que se encargaron de ir por mí y llevarme y traerme, para que ingresara en la institución. Cuando me aceptaron después de dos meses comencé a ir a citas y antes quise hacer un retiro. El segundo mes, vino María a México desde Perú, casi no podía más con la gran alegría que me dio Susi cuando me dijo: “Viene María”. ¿Cuándo?, “El domingo”. ¿Este domingo? “Sí”. ¿De veras? No lo puedo creer. Y fue así como Carmen y yo fuimos por ella. Ese mes que estuvo disfrutamos muchísimo, no sólo yo, toda la comunidad. Fuimos tres días de retiro con las benedictinas de Yautepec, cerca de Cuernavaca y Tepoztlán, pero ya eso es el capítulo dos de mis reseñas… (Escritos Reparadores que hago porque me pidió mi gran amigo Pedrito al que no le puedo negar nada).
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