Mi experiencia en “Casa Emilia”, la casa enfermería – 2da Parte

❝Mi experiencia en “Casa Emilia”, la casa enfermería – 2da Parte❞

desde el escritorio de Sofía ‘Chofi’ Gorozpe en Ciudad de México, México.
Escrito el Viernes, 24 de Agosto de 2018



Soy consciente de que se me escapan detalles, pero también me digo: “lo que vaya saliendo sin mucho pensar puede valer la pena”.




Antes de irme de retiro una hermana me sugirió: “¿Y por qué no haces aquí el retiro? ¿Para qué ir a otro lado?”. La verdad es que me ayuda mucho, como dice San Ignacio, cambiar de lugar. Sin embargo, la sugerencia hizo que antes de salir tuviera un momento de oración en mi cuarto, y eso me dio la pauta para lo que vino después.  Sin mucho pensar me llegó la palabra “VEN”. No sé si yo se la decía al Señor o Él a mí, o los dos nos decíamos ven. Y tampoco sabía a donde. “Ven a Mí”, por supuesto, voy para allá Señor. “Ven a mí Señor”, ¿a dónde? ¿a Casa Emilia? ¿a la vida eterna?. O sea, ven, ¿por qué ya es tu hora? (cuando oí cáncer también me vino la posibilidad de una muerte no tan lejana, aunque al mismo tiempo no acababa de creerlo). No sé, pero ese “ven” fue el llamado a ir a Él y a que Él que viniera a mí.




Con mucha paz por dentro fuimos Paty (una muy buena amiga), María y yo a la casa de retiro. Llegamos en la tarde y así en silencio fuimos recorriendo los jardines, la capilla, los cuartos. Me llamó la atención que el piso de la iglesia tenía muchos dibujos de pequeños mosaicos con motivos bíblicos. Frente a las bancas unos ciervos y un manantial de agua, la zarza de Moisés, en fin. Frente al sagrario un “Ven Señor” que al leerlo sentí dentro una coincidencia con lo que estaba experimentando. Así pasamos unos días de retiro, yendo a los oficios, orando, paseando y compartiendo por las noches. Un tiempo dedicado a estar sencillamente con Él y compartir desde dentro de nosotros.




Como tardaron bastante en programar las quimioterapias, dedicamos también ese mes para programar ejercicios de cuatro días a las hermanas enfermas de Casa Emilia. Fue una bonita experiencia y aunque corta, las hermanas compartían lo que iban viviendo esos días. Ya de regreso, fui a las citas hasta que programaron las quimioterapias, seis cada tres semanas. Llegó el mes en que María se regresó y aunque volví a sentir lo duro de la despedida, ya estaba más hecha al ánimo, y sabía que pronto llegaría también Rosa. Poco a poco fui entrando a este proceso de citas y descansos y otra vez citas y otra vez descansos. 




Después de la segunda quimioterapia, llegó a la comunidad una hermana muy querida para mí, Chabe, amiga de toda la vida, la conozco desde que entré a la Congregación. Ella vino por tener un tumor de cáncer muy avanzado, y llegó con la decisión de no hacerse ningún tratamiento, pues le dijeron que con cirugía y quimioterapia tendría unos dos o tres años más de vida y ella prefirió menos tiempo y mejor calidad de vida. Esperé con ilusión su llegada, pues es una persona con quien me he comunicado muy a fondo, pero al mismo tiempo sabía con todo detalle su enfermedad y eso era doloroso, verla sufrir y saber que cada día estaría menos bien. Sin embargo, considero que fue un regalo estar con ella el último mes de su vida.



En este mismo tiempo pasaron muchas cosas juntas, llegaron dos grandes amigos de Perú: Belén, quien fue mi maestra durante el tiempo de estudio en la [Universidad] Ruiz de Montoya, y quien me ha ayudado mucho y Pedro, con quien progresivamente la vida nos ha ido acercando más en amistad y cariño. Su visita fue algo muy especial, por la cercanía y amistad que nos une.  La comunidad los recibió con gusto y después de una tarde de ir compartiendo nuestras experiencias se fueron a un taller de EMDR. El día que iban a regresar, quedamos en cenar juntos fuera de casa, y antes que llegaran, veo un mensaje en el WhatsApp: “Gonzalo desapareció, si saben de él comuníquense” (Gonzalo es un sobrino nieto de 20 años). Algunas hermanas nos reunimos a rezar por él en mi cuarto, yo entré en angustia pensando dónde podría estar, pues la situación de México se ha vuelto muy violenta. Curiosamente, en la mañana decía el evangelio: “Todo lo que pidan en mi Nombre se les concederá”. Con esa confianza pedimos y realmente me ayudó y nos ayudó el ir orando juntas. Más tarde regresaron Pedrito y Belén, estuvimos conversando y en la tarde nos fuimos a cenar. Allí, me dijeron que ya había aparecido Gonzalo. Así pudimos disfrutar la cena y la plática las hermanas (Rosa, Carmen y yo) junto con ellos.




Yo estaba ya entre la tercera y cuarta quimioterapia, y este hecho me afectó a la salud pues me enfermé bastante, se me fue el apetito, y llegó un momento en el que al subir a cenar me desmayé y me llevaron a urgencias. Creo que fue lo más duro que viví, por un lado el malestar físico tan desagradable, el estar sin dormir 20 horas en medio de algunos exámenes, electrocardiograma, tomografía, etc.; y por otro en la mañana fueron llegando a urgencias diferentes personas, mucho muy enfermas. Era muy fuerte el panorama de afectados por el cáncer. Una señora que lloraba y se agarraba el estómago al no soportar el dolor; otra o no sé si era otro, pues era tan delgado que no se distinguía el sexo y que no era capaz casi de moverse, se veía alto, pero de una delgadez que me hizo pensar que no pasaba la noche; otro señor con una alergia al medicamento que no soportaba y casi no podía respirar; y así cada uno. Quise entablar con algunos algo de conversación para hacer que el rato no fuera tan pesado. En fin, salí a las tres de la tarde, había llegado a las 8.30 pm del día anterior y lo pasamos en unos sillones o silla de ruedas esperando. Realmente el dolor de la gente sigue siendo un misterio para mí. Siento una gran impotencia y al mismo tiempo es algo que ni puedo ni creo que tenga una explicación, es simplemente así, y creo que en medio de todo eso Dios está cerca y de alguna manera se hace presente.




Llegando a la casa creí que me dormiría, pero no pude. Me dolía de la punta de la cabeza a la punta de los pies, y además me aumentó la sordera de modo que casi no escuchaba lo que se decía. Creo que fue entonces, cuando ya realicé: “tengo cáncer”. Fueron momentos muy duros, y al mismo tiempo Chabe, había dado un gran bajón y ni ella podía venir a mi cuarto ni yo al de ella. Rosita se fue a Guadalajara a una reunión, así que estos momentos los pasé sintiendo una gran impotencia para todo, ni siquiera podía rezar. Comencé poco a poco a sentirme mejor, y viví una especie de “Pascua” al volver a la 4ta quimioterapia. Puedo decir que iba viviendo un poco como en ejercicios, de la desolación a la consolación, física, psicológica, espiritual. Realmente somos una integración y todo va unido. También comenzamos en comunidad una novena para pedir por varias intenciones de enfermos, Chabe comenzó con nosotras y sólo estuvo dos días, de ahí se puso más malita y a los 8 días más o menos murió. Pude pasar con ella muchos ratos, cada día estaba más enferma, más débil y ya no podía hablar al final.




En la mañana de Pentecostés, al despertar y querer ir a visitarla, la puerta estaba cerrada. Bajé a la capilla y me encontré la caja. No sé qué me pasó, pero me sentía totalmente insensible, como indiferente. Me preguntaba, ¿qué me pasaba?, ¿por qué no sentía nada? Entonces tuve la sensación de que el Señor me decía: “mírame a Mí, y después no regreses a pensar en ti”. Es una constante en los llamados que Dios me hace, a intentar salir de mí misma para ir al encuentro del otro;  pensar en los demás, de esa forma lo he ido encontrando no sólo aquí sino durante toda mi vida. Y al mirarlo a Él, comencé a vivir este momento de la muerte de Chabe, pude estar con su familia acompañándolos y sintiendo su dolor. Ahora la extraño, pero también me doy cuenta de que ella está en paz y contenta, ya llegó a su verdadero hogar.




Poco después regresó Rosita a Lima. Otra vez la despedida. Me quedé en la comunidad y sólo me faltaban las dos o tres últimas quimioterapias. La última fue la más fuerte. El cuerpo se me debilitó y ya no resistía otra. Sin embargo, dentro de mí la esperanza de encontrar la salud, y saber que lo más probable era que ya no me dieran otra, además en ese momento no me sentía capaz de seguir con más. La tomografía dio muy buenos resultados, ya no se veía cáncer por ningún lado.




Algo importante entre las quimioterapias fue tener la oportunidad de recibir tres terapias por Skype con Belén. Me di cuenta que algo que me inquietaba bastante era qué seguiría después de esta experiencia.  ¿Volveré o no a la Ensenada? Unos días después traté con ella esta incertidumbre respecto al futuro.  No sabía cuánto me faltaba, si realmente me estaba curando y si volvería a la comunidad de la Ensenada en Lima, donde estaba mi corazón.  Tanto durante la terapia, como lo que me dejó después, fue la certeza de que mi verdadero lugar no era ni aquí, ni en Lima, sino en Dios y la frase que me vino, fue una que ya me había llegado en otra ocasión. “Mi lugar eres Tú”. Me sentí convencida y muy conmovida de sentir esto. Estas terapias me hicieron mucho bien en el momento y puedo decir que era como si estuviera en el consultorio de Belén, pero dentro de mi cuarto.




Ahora me han confirmado que ya estoy sin cáncer visible, y sólo me falta tener algunas sesiones de radioterapia. Realmente considero la gran ayuda de la terapia EMDR a través de los medios de comunicación y si la persona que facilita, en este caso Belén, es alguien que crea un vínculo y sabe estar totalmente presente puede dar una ayuda invaluable para que la persona que recibe la terapia saque de sí misma sus mejores recursos. Sin embargo, al paso del tiempo me vuelve la incertidumbre, la impaciencia, me doy cuenta que estoy pendiente del “después” y eso me impide vivir el presente con plenitud. Por un lado el llamado de Dios, a saber estar plenamente cada momento. A vivir el aquí y ahora. Y por otro mi limitación, y seguir con la inquietud sin tomar la vida en mis manos y decidirme. Me viene eso de “no hago el bien que quiero…”



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